Él me dijo la misma mañana que me volvía a Buenos Aires, mientras aún podía hablar, y me agarraba las manos para hablarme despacito al oído, muy consciente de que era una de las pocas personas que aún le entendía a la perfección, muy consciente de que sus desvaríos eran ya cada vez más marcados. Me hizo sentarme a su lado, para decirme un par de cosas. Un par de secretos que ya jamás le diría a nadie.
Y me confesó, que papá estaba muy equivocado. Que los hijos siempre debían ser libres, y que uno debía acompañarlos, pero darles la libertad de hacer y deshacer, de equivocarse y aprender, de ir y venir hasta encontrar su lugar. Uno como padre siempre debía estar a su lado, por que al fin y al cabo, los hijos son lo más preciado que uno puede tener en su vida.

En ese momento me dio la sensación de que no desavariaba, que estaba muy seguro de lo que me estaba diciendo. Convengamos que a pesar de jamás haber compartido la idea de venirme a estudiar a Buenos Aires, él fue una de las pocas personas que me dijo que viniera y fuera alguien en la vida.

Él era de esas personas fáciles para hablar. Nunca había que andar con demasiados rodeos, por que nunca iba a juzgarte... papá en cambio es muy dificil de enfrentar...

Por eso me da pánico sentarme hoy y decirle; papá, me enamoré con todas las letras.