Hacía un frío espantoso cuando bajamos por esas escalinatas. Mi monologo sonaba vacío para ambos, pero a esas horas, no había mucho más de qué hablar. El día había sido exageradamente largo, y las responsabilidades flotaban aún en el aire.
Mi cabeza estaba en cualquier lado, y esa sonrisa tortuosa no ayudaba mucho a la inspiración. Había un enojo infantil entre ambos, por las mismas exactas razones que son más difíciles de admitir que de asimilar. Por supuesto nadie hizo eco del asunto.
Echaste un rápida mirada al celular, para constatar que era cortés excusarse por la hora e intentar un disimulado escape. Yo mire para otro lado, para evitar el momento, para evitar lo incómodo que resultaría preguntar si es ella quien escribe.
Me besaste en la mejilla, con dulzura, aunque en ese momento no lo mereciera. Balbuceaste algo que no llegué a oír y desapareciste entre la marea humana de ciudad. A decir verdad, no pude reaccionar. Me costó horrores volver a respirar, morderme los labios y seguir mi camino.
No es verdad que no existan momentos, es que yo nunca logro reunir el coraje.
